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Sugerencia de mentemente
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El álbum debut de Nosotros y la Máquinas, cumple 10 años desde su lanzamiento a través de Paraíso Modular Records.
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El humor, como todo en esta hermosa y mágica vida, es diverso, y aquí encontrarás de todo un poco.
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Sugerencia de Canto de Tutivillus
Por: Miguel Aucatoma S.
El ser humano es vulnerable, pero a su alrededor ha creado agrupaciones, sistemas y métodos que aplacan esa vulnerabilidad, eso ha colocado su presencia en la cúspide de supervivencia, presencial global y control. Las herramientas, manuales o tecnológicas, minimizan las deficiencias humanas en fuerza, o agilidad, en composición o creación incluso. Los análisis que emprendemos nos adelantan situaciones de riesgo y buscamos como aprovechar las características repetitivas de ciertos sucesos naturales convirtiéndolos en razonamientos que luego son aprovechados por el conjunto humano. Sin embargo, no solo existen factores deficientes que mostramos al exterior, sino que debido al mismo impulso gregario va generando relaciones sociales e interacciones cuya complejidad también es fuente de inseguridades.
La privacidad es uno de esos métodos que hemos desarrollado para cubrir los riesgos inherentes al desarrollo del ser, viene a ser la llave que desbloquea los aspectos del ser humano que son más personales e íntimos, aspectos que nos definen y nos muestran más frágiles socialmente: el cuerpo desnudo, las enfermedades pasadas, presentes y posibles futuras; la historia sexual y sus fantasías; los miedos, las pérdidas, los fracasos; lo peor que se ha hecho, dicho y [hasta] pensado en la vida; las insuficiencias, los errores, los traumas, el momento en el que más vergüenza se ha sentido, esa relación familiar que se desearía no tener, la peor noche de la vida, y un largo etcétera que gira frente al modo social y sus trances. La corta obra de teatro de cuatro personajes «Huis Clos», “A puerta cerrada” es la fuente de la, quizás, más famosa frase del filósofo Sartre: «El infierno son los otros» («L’enfer, c’est les autres»), en esta obra de 1944, Sartre describe el infierno que vive el hombre contemporáneo por el tormento que le inflige la mirada de sus semejantes, reveladora de la distancia entre lo que él realmente es y lo que quisiera ser, me atrevo a decir que en la mitad de este planteamiento reside la privacidad como rejilla: deja entrar luz, pero salir solo lo que permitimos.
“GARCIN.—La estatua… (La acaricia.) ¡En fin! Éste es el momento. La estatua está ahí; yo la contemplo y ahora comprendo perfectamente que estoy en el infierno. Ya os digo que todo, todo estaba previsto. Habían previsto que en un momento…, este…, yo me colocaría junto a la chimenea y que pondría mi mano sobre la estatua, con todas esas miradas sobre mí… Todas esas miradas que me devoran… (Se vuelve bruscamente.) ¡Cómo! ¿Sólo sois dos? Os creía muchas más. (Ríe.) Entonces esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… Ya os acordaréis: el azufre, la hoguera, las parrillas… Qué tontería todo eso… ¿Para qué las parrillas? El infierno son los otros.”
Cuando se abre esa rejilla llamada privacidad, a alguien que nos ama, nos permitirá disfrutar de la cercanía, y en mayor medida, ese alguien la usará para beneficiarnos. Parte de lo que significa estar cerca de alguien es la manera en la que nos relacionamos compartiendo lo que nos hace vulnerables, darle al otro el poder de hacerte daño y confiar en que esa persona nunca se aprovechará de la posición privilegiada que otorga la intimidad. Verbigracia, las personas que nos aman podrían tener en cuenta nuestros miedos más oscuros para mantenernos a salvo de las cosas que nos preocupan; usar nuestra fecha de nacimiento para organizarnos una fiesta sorpresa; tomarán nota de nuestros gustos para encontrarnos “el regalo perfecto”.
Empero, no todo el mundo utilizará el acceso a la vida personal en mutuo interés. Por eso cuando una relación acaba mal, lo primero que se trasgrede es la privacidad, ese círculo íntimo que queda expuesto. Esto es solo una parte que se exacerba en los delincuentes: los estafadores pueden usar nuestra fecha de nacimiento para hacerse pasar por uno mismo mientras cometen un delito; los charlatanes podrían utilizar sus gustos para atraernos a un mal negocio; Los enemigos pueden usar nuestros recelos más oscuros para amenazarnos y sin duda extorsionarnos. La privacidad es importante porque la falta de ella les da a otros poder sobre cada uno.
Un ser particular podría pensar que no tiene nada que ocultar, nada que temer. Está equivocado, a menos que sea un exhibicionista con deseos masoquistas de sufrir robo de identidad, discriminación, desempleo, humillación pública y totalitarismo, entre otras desgracias. Hay mucho que ocultar, mucho que temer, y el hecho de que una persona no entregue copias de las llaves de sus propiedades a extraños o publica las contraseñas así lo demuestra.
Podríamos pensar que nuestra privacidad está segura porque uno—en términos generales—no es nadie: no hay nada especial, interesante o importante que mostrar, nos consideramos en mayoría, personas normales. No te menosprecies. Si no fueras tan importante, las empresas y los gobiernos no se tomarían tantas molestias para almacenar el historial de tus acciones.
Como ser social existen pocas cosas que pueden llamarse propias: te pertenece tu atención, tu presencia, tu ánimo y, por tanto, como en cualquier cacería todos lucharán por obtener lo que es tuyo. Quieren saber más sobre usted para saber cuál es la mejor manera de distraerlo, incluso si eso significa alejarlo del tiempo de calidad con sus seres queridos o incluso de las necesidades humanas básicas como dormir o comer. Tienes dinero, aunque no sea mucho: las empresas quieren que gastes o te endeudes para ellas y no para la competencia. Los “piratas informáticos”, ciberdelincuentes están ansiosos por hacerse con información o imágenes confidenciales para poder hacer chantajes. Las compañías de seguros también quieren nuestro dinero, siempre y cuando usted no sienta que corre demasiado riesgo, y necesitan nuestros datos para evaluarnos y ser candidatos o desecharnos. Probablemente te halles en edad de trabajar: Las empresas quieren saber todo sobre a quién están contratando.
Como seres humanos, nos pertenece nuestro cuerpo, un organismo: a las instituciones les encantaría saber más sobre él, tal vez experimentar con él y aprender más sobre otros organismos como el que tenemos, o cómo ese organismo es incentivo de otros en varios aspectos fisiológicos a modo de un intercambio monetario. Nos pertenece la identidad, eso que nos define de manera única, si en una sociedad atiborrada se puede clamar por unicidad: los delincuentes pueden usar nuestros números únicos para cometer delitos en nuestro nombre y que seas quien pague su factura. Tienes conexiones personales: eres un punto de conexión en una red de personas, un nodo: Eres descendiente de alguien, vecino de alguien, maestro, aprendiz, contratista, barbero o dentista de alguien. A través de ti, pueden llegar a otros. Por eso las aplicaciones te piden acceso a tus contactos. Tienes voz: a todo tipo de agentes les gustaría utilizarte como portavoz en sus campañas, no importa si no se nota que lo estás siendo. Tenemos voto: las fuerzas nacionales y, en algunos casos, extranjeras quieren que nominemos al candidato que defenderá sus intereses (los de ellos, no necesariamente los nuestros).
Como se puede ver, eres una persona muy importante. Eres una fuente de poder.
El poder que surge como resultado de conocer detalles personales de alguien es un tipo de poder muy particular. El poder privado es un tipo distinto de poder, pero también permite a quienes lo detentan la posibilidad de transformarlo en poder económico, político y de muchos otros tipos. El poder sobre la privacidad de los demás es el tipo de poder por excelencia en la era digital, por eso, desde que se analizan y se revisan las tendencias de ciberseguridad o de la protección de datos el aspecto de privacidad nunca ha dejado de aparecer en algún ítem y es muy poco probable que deje de suceder su presencia, porque el acto comunicativo y de intercambio, impulsado o no por la tecnología es un factor humano que mientras más colaborativa sea la sociedad, mayor debe ser su entendimiento de alcance ₻
Por: Stalin Cardenas (Spa Musical)
La historia del cine épico siempre ha estado escrita con música monumental. Desde la Edad de Oro de Hollywood, las grandes producciones encontraron en la orquesta sinfónica el vehículo perfecto para engrandecer héroes, imperios y batallas. Durante décadas, cuanto más ambiciosa era una película, mayor era la orquesta, más poderosos los metales, más imponentes los coros y más memorables sus melodías. La música no solo acompañaba la imagen: era la voz de los dioses, de los reyes y de las civilizaciones.
Uno de los pilares de esa tradición fue Miklós Rózsa, cuya extraordinaria partitura para Ben-Hur (1959) redefinió el cine histórico. Ganadora del Premio Óscar a la Mejor Banda Sonora Original, su música combinó el lenguaje sinfónico europeo con escalas e influencias inspiradas en el Mediterráneo y el Cercano Oriente para dotar de identidad sonora al mundo romano. La monumentalidad de su orquesta estableció un modelo que Hollywood seguiría durante décadas y que convirtió a Ben-Hur en el referente absoluto del cine épico clásico.
Sin embargo, en 1977 ocurrió algo inesperado. Cuando el cine comenzaba a inclinarse hacia bandas sonoras más cercanas al jazz, el rock y la electrónica, John Williams decidió mirar hacia atrás. Con Star Wars, recuperó el gran sinfonismo heredero de compositores como Erich Wolfgang Korngold, Gustav Holst y el propio Rózsa. La apuesta parecía arriesgada para una película de ciencia ficción, pero terminó cambiando la historia del cine. Sus leitmotivs —el tema principal, la Marcha Imperial, el tema de Leia o el motivo de la Fuerza— devolvieron a la gran orquesta el protagonismo en Hollywood y demostraron que la música podía narrar una historia tanto como los propios personajes.
Cinco años después, otro compositor rompería todas las reglas. Para Blade Runner (1982), Vangelis sustituyó la gran orquesta por sintetizadores, especialmente el legendario Yamaha CS-80, además de secuenciadores, cajas de ritmo, saxofón y procesamiento electrónico. En lugar de describir el futuro mediante melodías heroicas, creó una atmósfera donde el espectador podía respirar dentro de aquella ciudad lluviosa y decadente. Fue una decisión tan novedosa como arriesgada, y con el tiempo su influencia alcanzó no solo al cine, sino también a la música electrónica y al ambient contemporáneo.
La evolución continuó con Gladiator (2000). Hans Zimmer y Lisa Gerrard llevaron el cine épico hacia un nuevo territorio, donde la orquesta seguía presente, pero convivía con sintetizadores, percusiones de inspiración étnica, instrumentos antiguos y la inconfundible voz improvisada de Gerrard, convertida en el alma emocional de la película. Ridley Scott ya no buscaba únicamente representar la grandeza del Imperio Romano; buscaba transmitir la fragilidad humana detrás del guerrero. Después de Gladiator, ese lenguaje híbrido se convirtió en una referencia para el cine histórico y de aventuras.
Poco después, Howard Shore emprendió uno de los trabajos de composición más ambiciosos jamás realizados para el cine con la trilogía de The Lord of the Rings. Más que escribir una banda sonora, construyó una auténtica geografía musical. Cada pueblo de la Tierra Media posee su propio lenguaje sonoro, con leitmotivs, coros cantados en lenguas creadas por J. R. R. Tolkien e instrumentos específicos que diferencian a hobbits, elfos, enanos, Rohan o Mordor. Es una de las partituras más complejas y cohesionadas de la historia del cine.
En paralelo, Hans Zimmer y Klaus Badelt redefinieron la aventura con Pirates of the Caribbean. La gran orquesta permanecía como columna vertebral, pero ahora convivía con percusiones del mundo, guitarras, sintetizadores y una producción moderna que aportó una energía completamente nueva. La épica ya no dependía exclusivamente de cien músicos tocando al mismo tiempo; también del estudio de grabación y del diseño sonoro.
Y entonces llega Christopher Nolan.
Tenet: el nacimiento de una nueva alianza creativa
Durante más de una década, el universo sonoro de Christopher Nolan estuvo estrechamente ligado a Hans Zimmer. Juntos redefinieron la música del cine contemporáneo con partituras como Batman Begins, The Dark Knight, Inception, Interstellar y Dunkirk. Zimmer no pudo participar en la nueva película de Nolan, porque ya estaba comprometido con la composición de Dune, de Denis Villeneuve. Nolan encontró en Ludwig Göransson un nuevo compañero creativo. La colaboración continuó en Oppenheimer (2023), donde el compositor sueco construyó una partitura basada en la tensión de un violín solista, texturas electrónicas y ritmos cambiantes, trabajo que le valió el Óscar a la Mejor Banda Sonora Original. Sin embargo, en Tenet (2020) comenzó una nueva etapa.
Para Tenet, Nolan no quería simplemente una banda sonora que acompañara una historia de espionaje; buscaba una música que funcionara como una extensión del propio concepto de la i: el tiempo toviéndose en direcciones opuestas.
Göransson respondió alejándose de las estructuras tradicionales. Grabó instrumentos acústicos, los reprodujo al revés, modificó su velocidad, fragmentó ritmos y manipuló electrónicamente las grabaciones para generar una sensación constante de movimiento temporal. Muchas de las texturas fueron construidas mediante sampling, sintetizadores, procesamiento digital y experimentación en estudio, convirtiendo el diseño sonoro en parte esencial de la composición.
Uno de los aspectos más innovadores fue la estrecha colaboración entre Göransson, el equipo de sonido y Nolan. En lugar de trabajar por separado, música y diseño sonoro evolucionaron prácticamente al mismo tiempo, difuminando la frontera entre ambos elementos. Esa forma de producción marcaría el camino para las siguientes colaboraciones del director.
Si Tenet fue un experimento sobre el tiempo, Oppenheimer convirtió un violín en el eje emocional de una crisis moral. Y The Odyssey lleva esa filosofía un paso más allá: el centro de la banda sonora ya no es una gran orquesta, sino la investigación tímbrica de instrumentos como el aulos, la lira y los gongs de bronce, transformados mediante sintetizadores, sampling y procesamiento digital.
En ese sentido, Tenet representa el punto de partida de una nueva manera de entender la música en el cine de Christopher Nolan. No se trata únicamente de escribir melodías memorables, sino de construir un universo sonoro donde la composición, el diseño de sonido y la tecnología trabajan como un solo lenguaje narrativo.
Para The Odyssey (2026), Nolan tomó una decisión radical: no quería una banda sonora construida alrededor de la gran orquesta sinfónica. Su intención no era ilustrar la antigua Grecia con el lenguaje musical del siglo XIX, sino intentar acercarse a un paisaje sonoro que evocara un mundo anterior a la orquesta moderna. No buscaba una reconstrucción arqueológica imposible, sino una experiencia auditiva que resultara desconocida y, precisamente por ello, creíble.
Para lograrlo, Ludwig Göransson emprendió un proceso de investigación poco habitual en una superproducción de Hollywood. En lugar de partir del piano o de una plantilla orquestal tradicional, buscó instrumentos vinculados al mundo mediterráneo de la Antigüedad y los convirtió en el corazón de la partitura.
Entre ellos destaca el aulos, un instrumento de viento de doble tubo y doble lengüeta, antecesor de algunos instrumentos de lengüeta modernos. Su sonido, áspero, penetrante e hipnótico, acompañó durante siglos ceremonias religiosas, competiciones atléticas, representaciones teatrales e incluso marchas militares en la antigua Grecia. En la banda sonora, ese timbre ancestral aporta una sensación ritual que conecta con el viaje de Odiseo.
A su lado aparece la lira, uno de los símbolos musicales más importantes del mundo griego y tradicionalmente asociada al dios Apolo y a los poetas. Göransson la convierte en el núcleo melódico y emocional de la película, representando la nostalgia permanente de Odiseo por regresar a Ítaca. Más que un simple instrumento, funciona como un recuerdo sonoro del hogar.
El tercer elemento son los gongs de bronce, elegidos para evocar la materialidad de la Edad del Bronce. Lejos de utilizarlos únicamente como percusión, el compositor grabó múltiples resonancias metálicas que luego fueron superpuestas, manipuladas y procesadas para construir enormes paisajes sonoros.
Para conseguir que la lira sonara con autenticidad, Ludwig Göransson no recurrió a una instrumentista de sesión convencional. Incorporó a Rosa Fragorapti, música y musicóloga griega especializada desde hace años en la investigación, reconstrucción e interpretación de instrumentos de la Antigua Grecia.
Su participación no consistió únicamente en interpretar las partituras. Debido a que la lira antigua posee una técnica, una afinación y unas posibilidades sonoras muy diferentes a las de un instrumento moderno, Fragorapti trabajó directamente con Göransson desde el primer día del proceso creativo. La propia intérprete recuerda que, antes incluso de grabar, ambos pasaron horas improvisando juntos —él con una guitarra y ella con la lira— explorando las posibilidades tímbricas del instrumento. «Jugábamos como niños», describió sobre aquellas sesiones, en las que el compositor buscaba comprender cómo respiraba realmente la lira antes de comenzar a escribir la música definitiva.
Lo más llamativo es que Fragorapti no recibió partituras antes de viajar a Londres. Por el nivel de confidencialidad del proyecto, desconocía incluso que estaba trabajando para The Odyssey hasta llegar al estudio de grabación. Allí descubrió que Christopher Nolan y Ludwig Göransson estaban construyendo prácticamente toda la identidad sonora de la película alrededor de la lira y el aulos.
Su trabajo va mucho más allá de tocar el instrumento. Como arqueomusicóloga, estudia fuentes literarias, iconografía, cerámicas, relieves y evidencias arqueológicas para reconstruir no solo la forma física de la lira, sino también las técnicas de interpretación que pudieron utilizar los músicos de hace más de dos mil años. Ella misma ha explicado que cada nueva reconstrucción permite descubrir colores sonoros y recursos interpretativos que todavía hoy siguen siendo objeto de investigación.
Uno de los momentos más emocionantes para Fragorapti llegó durante el estreno de la película. Hasta entonces, ella y el intérprete del aulos, Callum Armstrong, pensaban que sus instrumentos aparecerían únicamente en algunas escenas. Solo al ver la obra terminada comprendieron que la lira y el aulos eran, en realidad, el corazón de toda la banda sonora, sustituyendo el papel que durante décadas había desempeñado la gran orquesta sinfónica en el cine épico.
Para interpretar el aulos, Ludwig Göransson recurrió al músico e investigador británico Callum Armstrong, considerado uno de los principales especialistas actuales en este instrumento. Su trabajo no consiste únicamente en tocarlo, sino también en comprender cómo sonaba realmente hace más de dos milenios.
El desafío era enorme. Aunque se conservan algunos ejemplares arqueológicos del aulos, ninguna de sus lengüetas originales ha sobrevivido al paso del tiempo, ya que estaban fabricadas con materiales orgánicos muy perecederos. Esa pequeña pieza es precisamente la que genera el sonido del instrumento, por lo que reconstruirla ha sido uno de los mayores retos de la arqueomusicología. Armstrong trabajó junto a otros investigadores analizando textos clásicos, representaciones en cerámicas y restos arqueológicos para reconstruir el funcionamiento de esas lengüetas y aproximarse lo máximo posible al sonido original del aulos.
Su relación con este repertorio no comenzó con The Odyssey. Desde hace varios años colabora con la intérprete de lira Rosa Fragorapti, con quien también participó en la banda sonora del videojuego Diablo IV. Ambos fueron pioneros en reunir nuevamente el aulos y la lira como dúo, una combinación que, según las evidencias históricas, era extremadamente común en la Antigua Grecia, donde ambos instrumentos acompañaban la poesía, el teatro, las ceremonias religiosas y la recitación de los poemas homéricos.
Durante el proceso de grabación, Armstrong tampoco sabía que aquellos instrumentos serían el eje de toda la banda sonora. Al igual que Fragorapti, pensó que el aulos aparecería solo en algunas escenas. No fue hasta el estreno cuando descubrió que Christopher Nolan y Ludwig Göransson habían construido prácticamente toda la identidad sonora de la película alrededor de la lira y el aulos, relegando la gran orquesta tradicional a un papel secundario.
Quizá el dato más revelador es que el propio Armstrong define el instrumento que utilizó como una reconstrucción, no como una réplica exacta. El modelo está inspirado en ejemplares datados entre los siglos VI y V a. C., pero muchas de sus características —especialmente las lengüetas— han debido recuperarse mediante un proceso de investigación, experimentación y ensayo. En otras palabras, antes de poder tocar la música de The Odyssey, hubo que redescubrir cómo hacer hablar nuevamente a un instrumento que llevaba más de dos mil años en silencio.
Hay una frase de Christopher Nolan que conecta perfectamente con toda la idea que ha venido desarrollando. Explicando la filosofía de la banda sonora, comentó que querían alejarse de la tradición romántica del siglo XIX, que es la base de la mayor parte de la música cinematográfica moderna. En su lugar, buscaron un paisaje sonoro construido desde la arqueología musical y, al mismo tiempo, apoyado por herramientas contemporáneas como sintetizadores, sampling y cajas de ritmos. Incluso Nolan estableció un paralelismo con Vangelis: así como Blade Runner creó voces electrónicas que el público nunca había escuchado, The Odyssey presenta voces e instrumentos antiguos que también resultan completamente nuevos para nuestros oídos.
Esa reflexión resume de manera brillante el espíritu mi reseña: no se trata de elegir entre tradición y tecnología, sino de demostrar que ambas pueden dialogar para crear un lenguaje musical completamente nuevo.
Y aquí aparece uno de los aspectos más fascinantes de la partitura.
Aunque prescinde de la gran orquesta tradicional, The Odyssey no renuncia a la tecnología. Göransson captura el sonido del aulos, la lira y los gongs de bronce para transformarlos mediante sampling, sintetizadores, procesamiento digital y diseño sonoro contemporáneo. Es decir, utiliza herramientas del siglo XXI para ampliar las posibilidades expresivas de instrumentos cuyo origen se remonta a más de dos mil quinientos años.
Es aquí donde la comparación con Blade Runner adquiere un significado extraordinario.
Si Vangelis empleó los sintetizadores más avanzados de principios de los años ochenta para imaginar cómo sonaría el futuro, Göransson hace exactamente el movimiento contrario: utiliza algunos de los instrumentos más antiguos conocidos para reconstruir un pasado que ya no podemos escuchar. Ambos recurren a la tecnología de su tiempo para crear mundos sonoros inexistentes. Uno proyecta la música hacia adelante; el otro la hace viajar miles de años hacia atrás.
Vista en perspectiva, la evolución del cine épico puede resumirse como una sucesión de revoluciones musicales. Miklós Rózsa demostró hasta dónde podía llegar la gran orquesta sinfónica. John Williams la rescató cuando parecía condenada al pasado y la convirtió nuevamente en el lenguaje de la aventura. Vangelis reveló que un sintetizador podía emocionar tanto como cien músicos. Hans Zimmer y Lisa Gerrard fusionaron sinfonismo, electrónica y voces ancestrales para dar una nueva dimensión emocional al género. Howard Shore construyó una civilización completa a través de la música. Zimmer y Klaus Badelt modernizaron definitivamente la aventura con un sonido híbrido. Y ahora Ludwig Göransson propone una idea completamente distinta: que la épica también puede surgir del eco de un aulos, del susurro de una lira y de la resonancia de unos gongs de bronce transformados por la tecnología.
Pero aún falta uno de los datos más importante de toda la tradición Griega, la voz y música, la poesía oral, el canto… el aedo.
Uno de los aspectos más inesperados de la banda sonora de The Odyssey es la participación de Travis Scott. A primera vista, la elección puede parecer desconcertante: un artista asociado al hip-hop contemporáneo colaborando en una adaptación de uno de los poemas más antiguos de la literatura occidental. Sin embargo, detrás de esa decisión existe una idea mucho más profunda.
Antes de que Homero fuera leído, Homero fue escuchado.
Durante siglos, La Ilíada y La Odisea no existieron como libros, sino como relatos transmitidos oralmente por los aedos, poetas-cantores que recorrían las ciudades griegas recitando historias acompañados por la lira. Su tarea no consistía únicamente en memorizar miles de versos; también debían interpretarlos con ritmo, variaciones, pausas y una cadencia que mantenía cautiva a la audiencia. Cada presentación era, en cierto modo, una nueva versión del relato.
Vista desde esa perspectiva, la distancia entre un aedo de la Antigua Grecia y un MC moderno resulta mucho menor de lo que parece.
El rap también nace de la tradición oral. Su fuerza reside en el ritmo de la palabra, en la memoria, en la improvisación, en la repetición de fórmulas y en la capacidad del intérprete para convertir una narración en una experiencia colectiva. Aunque separados por casi tres mil años, ambos comparten la idea de que la voz es el primer instrumento de la humanidad.
La colaboración de Travis Scott no busca convertir The Odyssey en una película de hip-hop. Lo que hace es introducir un recurso vocal contemporáneo —cercano al spoken word, al fraseo rítmico y a la musicalidad del rap— como un puente entre la tradición oral antigua y la cultura popular actual. Es una manera de recordarnos que, antes de existir la notación musical, antes de los estudios de grabación e incluso antes de los libros, las historias viajaban de boca en boca.
En ese sentido, la decisión de Ludwig Göransson vuelve a ser coherente con toda la filosofía de la banda sonora. Así como recupera la lira, el aulos y los gongs de bronce para reconstruir un paisaje sonoro ancestral, también recupera la importancia de la palabra recitada como vehículo musical. No pretende reproducir exactamente cómo cantaban los aedos —algo imposible de conocer con certeza—, sino establecer un diálogo entre dos tradiciones orales separadas por milenios.
Y quizá ahí se esconda una de las ideas más brillantes de toda la partitura: mientras los instrumentos nos transportan al pasado, la voz de Travis Scott nos recuerda que el arte de contar historias con ritmo nunca desapareció; simplemente cambió de escenario. El rap, en cierto modo, también es una épica oral, donde los héroes, las luchas, los viajes y la identidad siguen transmitiéndose de generación en generación a través de la palabra.
Hay un concepto que une a Homero con el hip-hop: la composición oral-formularia, estudiada por los investigadores Milman Parry y Albert Bates Lord. Ellos demostraron que los poemas homéricos no eran simplemente textos memorizados, sino composiciones construidas mediante fórmulas repetitivas, epítetos y patrones rítmicos que facilitaban la improvisación y la transmisión oral.
Esa técnica tiene un sorprendente paralelo con muchas formas de rap y freestyle: estructuras rítmicas recurrentes, frases características, improvisación sobre un patrón y una narración sostenida por la cadencia de la voz. Evidentemente, no son el mismo género ni tienen el mismo contexto cultural, pero ambos pertenecen a una larga historia de culturas que hicieron de la palabra hablada y ritmada el principal vehículo para conservar la memoria colectiva.
Ese paralelismo encaja perfectamente con el espíritu de la reflexión y/o reseña: la innovación de The Odyssey no consiste solo en rescatar instrumentos antiguos, sino también en recordar que la primera «banda sonora» de la humanidad fue la voz contando historias.
Más que una banda sonora, The Odyssey representa un cambio de paradigma. Durante casi setenta años, Hollywood entendió que la grandeza de una historia debía medirse por el tamaño de su orquesta. Nolan y Göransson se atreven a cuestionar esa tradición. En lugar de hacer sonar la Antigüedad como el romanticismo europeo imaginó que debía sonar, intentan acercarse a un paisaje auditivo extraño, primitivo y profundamente humano.
Quizá ahí resida la verdadera grandeza de esta obra. No pretende competir con Ben-Hur, Star Wars, Blade Runner, Gladiator, The Lord of the Rings o Pirates of the Caribbean. Todas ellas fueron revolucionarias porque utilizaron las herramientas más innovadoras de su tiempo para redefinir la música cinematográfica. The Odyssey hace exactamente lo mismo, pero mirando hacia el origen.
Porque la innovación no siempre consiste en inventar un instrumento nuevo. A veces consiste en tomar uno de hace dos mil quinientos años, hacerlo dialogar con sintetizadores, computadoras y técnicas modernas de diseño sonoro, y conseguir que vuelva a emocionar como si el mundo lo estuviera escuchando por primera vez.
Y quizás esa sea la mayor ironía de esta nueva Odisea: mientras Hollywood pasó décadas intentando que la épica sonara cada vez más grande, Christopher Nolan y Ludwig Göransson demuestran que, en ocasiones, basta con escuchar el pasado con los oídos en el futuro.
Sugerencia de mentemente
Uno no sale igual de los lugares donde la vida se vive al límite. El libro reúne una serie de episodios que retratan la vida en la frontera norte del Ecuador desde adentro. Se centra en distintas experiencias atravesadas por la presencia del conflicto armado, el miedo constante y las decisiones que se toman en contextos límite. A lo largo de sus páginas aparecen voces, situaciones y momentos que muestran cómo la violencia deja de ser algo lejano y se vuelve parte de lo cotidiano. El autor propone una mirada directa a esas realidades, sin exagerarlas, pero tampoco suavizarlas. Es una lectura que aterriza el tema del conflicto en lo humano, en lo que pasa día a día, y en cómo eso termina marcando a quienes lo viven. Solo cenizas y otros cuentos: antología personal de Raúl Pérez Torres.
Fuente:
https://isbn.cloud/pt/9789978320136/digame-guerrillero-episodio-de-vida-desde-la-frontera-norte/
Sugerencia de León Gómez (EMU Rock & Metal)
En nuestra última edición de EMU Rock and Metal Edición Metal Underground del miércoles en el segmento “Desiderata Rock” a través de MenteMente radio. Recomendamos el libro tituladoEl libro titulado La Libre Improvisación Musical. Fuente Inagotable de inteligencia emocional. Del escritor español Josep Lluis Galiana en su edición de 2024.
Créditos Imagen Libro: El Argonauta.
Películas diversas que siempre son bienvenidas en nuestras vidas.
Sugerencia de mentemente
Hay historias que no terminan cuando se acaban, sino cuando dejan de perseguirte. Esta película sigue a un adolescente perturbado que empieza a recibir la visita de un conejo gigante que le anuncia el fin del mundo. Todo arranca como si fuera un drama adolescente extraño, incluso con algo de melancolía, pero poco a poco se convierte en otra cosa. Y no cambia de golpe, más bien se va deslizando hacia un laberinto de viajes en el tiempo, delirios nocturnos y preguntas que nunca terminan de acomodarse. Cada vez que parece que ya entendimos, la historia se corre un poco más y entra en otra dimensión. Hay algo muy incómodo y fascinante en eso porque es como un sueño raro que poco a poco empieza a pesar. Se queda como algo más que una película extraña; es una experiencia que sigue dando vueltas en la cabeza. No intenta confundir porque sí, deja una sensación difícil de soltar. Permanece ese eco inquietante de haber estado dentro de algo oscuro, frágil y perturbador, que acompaña incluso después de los créditos.
Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=dJTU48_yghs
Sugerencia de León Gómez (EMU Rock & Metal)
En nuestra última edición de EMU Rock and Metal Edición Metal Underground en el segmento “Cinema Rock” a través de MenteMente radio. Recomendamos la cinta tituladaLa Hora 25. De 2002 dirigida por Spike Lee. Sus protagonistas son Edward Norton, Barry Pepper, Philip Seymour Hoffman y Rosario Dawson.
Fuente: https://youtu.be/3GdH5PwhBJY
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